En una mesa larga, los dedos aprenden temperatura, elasticidad y aroma de la cera. Se enrollan láminas, se vierten moldes, se pulen bordes. Cada vela guarda una risa, un silencio concentrado, una historia contada por el anfitrión. Hacer, más que comprar, acerca a la colmena con respeto. Al final, el grupo comparte fotos, anota trucos contra grietas y entiende que la belleza útil se fabrica despacio, con paciencia y manos limpias que honran material, gesto y propósito.
Montar un marco recto, tensar alambre, desopercular sin desperdicio y girar el extractor con pulso constante enseña economía de movimiento. Se habla de higiene, de lotes pequeños, de etiquetado honesto y trazable. La miel cae como hilo continuo que hipnotiza. Luego, la mesa invita a probar, comparar, describir texturas y buscar maridajes. Nadie corre. Se descubren gustos personales y se deja espacio para el asombro. Curiosamente, lo práctico y lo poético se dan la mano sin pedir permisos.
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